Mirador Montaña Bermeja
Si acabamos de venir de las Minas de San José (la Luna), ahora prepárate para aterrizar en Marte. Siguiendo la carretera TF-21, te encuentras con un espectáculo que rompe la monotonía del paisaje: el Mirador Montaña Bermeja. Aquí la geología se pone intensa y nos regala uno de los contrastes cromáticos más bestias del Parque Nacional.
Fuego oxidado en el Mirador Montaña Bermeja
Su nombre no engaña: "Bermeja" significa roja, y esta montaña lo es con ganas. Se trata de un cono volcánico compuesto de materiales muy ricos en hierro que, al entrar en contacto con el aire y el agua durante miles de años, se han oxidado hasta alcanzar ese tono rojizo-granate tan característico. Desde el Mirador Montaña Bermeja, la montaña parece estar ardiendo bajo el sol.
Lo más fascinante de este punto es el juego de colores. Tienes el rojo sangre de la montaña, el amarillo pálido de la piedra pómez que la rodea y el azul eléctrico del cielo. Es un rincón donde se ve claramente cómo la química y el tiempo pintan el paisaje. Además, al estar cerca de la zona de El Portillo, la vegetación empieza a reclamar su espacio, con retamas y hierba pajonera salpicando de verde y gris la escena.
Consejos de tu Local Insider
Para disfrutar de este rincón marciano, apunta estos tips:
- El contraste fotográfico: Si buscas la foto perfecta, encuadra de forma que se vea la base de arena blanca/amarilla y la montaña roja detrás. El contraste es tan fuerte que tus seguidores pensarán que has saturado la foto, ¡pero es 100% real!
- Punto de partida: Muy cerca de aquí comienza uno de los senderos más largos e importantes del parque: el Sendero de las Siete Cañadas (Sendero 4). No hace falta que lo hagas entero (son 16 km), pero caminar el primer tramo te permite rodear la montaña y verla desde otras perspectivas.
- Ropa de abrigo: Esta zona suele ser un corredor de viento. Aunque veas el sol brillando sobre la tierra roja, no te fíes. El aire aquí arriba suele venir fresco, así que ten la chaqueta a mano.
El Mirador Montaña Bermeja es la pincelada de pasión del Teide. Una parada obligatoria para entender que los volcanes no son solo negros, sino un arcoíris de tierra y fuego.